miércoles, 28 de agosto de 2013

Cuentas falsas, fraude y futuros disfuncionales

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Twitter botEstuve preparando un poco una entrevista con RTVE para hablar del fenómeno de los seguidores falsos en redes sociales, y más concretamente en Twitter, un tema que ha saltado recientemente a la actualidad con el desarrollo de algunos estudios que tratan de indagar en las dinámicas de este tipo de mercados. El nivel de extensión y desarrollo de este tipo de prácticas resulta sorprendente, pero lo es más aún la carrera paralela entre los que crean cuentas falsas y los que las intentan detectar, o los determinantes de uso para este tipo de servicios.
Un grupo de investigadores de UC Berkeley trabajaron directamente con Twitter para obtener detalles de este tipo de prácticas. Llegaron a gastarse cinco mil dólares en la adquisición de 120.000 cuentas falsas de veintisiete proveedores diferentes a lo largo de diez meses, con un coste de entre $10 y $200 por cada mil cuentas, todo ello supervisado y aprobado por Twitter. La actividad de algunas de esas páginas permite entender claramente las dinámicas de la actividad: las ofertas dan la posibilidad de escoger entre sistemas simples en los que se obtienen seguidores sin ningún tipo de filtro, sin fotografía y con el fondo azul por defecto, hasta otros en los que se entregan seguidores de un país o en un idioma concreto, con fotografía, con biografía, con un fondo diferente, o con un cierto nivel de actividad consistente en algunas actualizaciones o retweets. Puedes comprar simplemente cuentas, seguidores, o incluso servicios que incrementan tu cuenta de seguidores en un número determinado por día. Puedes recurrir a foros oscuros, o comprar en proveedores que ofrecen diversos niveles de garantía y servicio post-venta.
La mayoría de los servicios que pretenden ofrecer un porcentaje de seguidores falsos de una cuenta determinada son profundamente simplistas, basados en métricas tan superficiales como la actividad o el ratio de seguidores/seguidos. Aplicar uno de estos supuestos “monitores” a cualquier cuenta permite comprobar cómo usuarios que no son en absoluto sospechosos de haber comprado seguidores obtienen porcentajes típicamente entre el 10% y el 20%, un procedimiento tan absurdo como lo que supone calificar de robot a cualquier cuenta con un cierto nivel de inactividad, o que únicamente utilice Twitter para seguir a otros y no para crear contenido propio. Interpretar los resultados de ese tipo de tests como fiables supone una simplicidad absoluta y una prueba de que el fenómeno no se ha entendido en absoluto, porque en realidad, la determinación de la falsedad de una cuenta responde a un complejo cálculo de heurísticas que incluye variables de muchos tipos: desde los propios servicios, por ejemplo, se parte de la dirección IP para intentar ver si desde una en concreto se ha creado un número anormal de cuentas – lo que determina que se recurra en muchas ocasiones a botnets para poder abrir cuentas desde ordenadores zombies – y se incluyen variables como el nivel de personalización de la cuenta, el ratio entre seguidores y seguidos, las pautas de publicación y el tipo de contenido distribuido. Además, se utilizan también patrones obtenidos de la observación agregada de muchas cuentas, tales como como patrones reconocibles en los nombres de usuario o en la cuenta de correo electrónico utilizada, la actividad repetitiva o por oleadas, etc.
En paralelo, los proveedores de este tipo de cuentas intentan a su vez superar los mecanismos de comprobación: en el caso de Twitter, las cuentas con correo electrónico verificado alcanzan precios sensiblemente más elevados. En el de Facebook, por ejemplo, el incremento de precio entre mil cuentas no verificadas telefónicamente o ya verificadas puede ir desde los $400 a los $1800. La naturaleza asimétrica de la red hace que en muchas ocasiones interese “madurar” cuentas, desde las que se sigue a muchos usuarios y que incluso se siguen entre sí, dando lugar a redes que resulta muy difícil desentrañar si no se tiene la posibilidad de acceder a una visión agregada.
¿Qué razones alimentan el desarrollo de este mercado negro de cuentas falsas? Además de los propósitos directamente delictivos, como la creación de cuentas para enviar vínculos de malware o de spam, el uso fundamental responde al intento de simular un nivel de relevancia que no se tiene o que no se ha obtenido aún, en esquemas que acomodan desde la más pura vanidad personal hasta objetivos corporativos de entidad más elevada. En muchos casos, hablamos de personas que o bien perciben un beneficio del hecho de aparentar una relevancia mayor de la que tienen, tales como personas con una vertiente pública determinada, políticos, etc., o usuarios que acceden a Twitter y necesitan generar una dinámica de crecimiento elevada, que puede resultar difícil o más lento obtener si parten de un número reducido. En otros casos podemos hablar de un “uso inverso”: comprar followers para una empresa o un candidato rival, para posteriormente exponer el esquema y caracterizarlo como fraude. El mismo esquema se utiliza en YouTube, donde el número de visualizaciones se utiliza como invariable espaldarazo de popularidad y eso lleva a que aparezcan servicios que venden cinco mil “visualizaciones” por diez o quince dólares. Aproximaciones como la de Klout, que deriva indicadores de relevancia no solo de la actividad de una cuenta, sino del nivel de respuesta generada entre aquellos que la siguen expresada en variables como respuestas, retweets o favoritos, dan lugar a un entendimiento muy superior de este mercado y de las dinámicas que lo sostienen.
¿Puede justificarse el uso de esquemas de compra de followers en algún tipo de estrategia? En principio, la sola mención del recurso a un sistema de este tipo por parte de cualquier tipo de agencia, asesor o “experto” debería ser suficiente como para que dejásemos de utilizar sus servicios y saliésemos por la puerta de sus oficinas sin intención alguna de volver a entrar. Aunque un crecimiento de followers determinado pueda supuestamente servir para estimular la visibilidad de una cuenta recién creada o para “prender la mecha” en determinadas pautas virales, el uso de ese recurso no solo suele ser relativamente fácil de detectar y de exponer, sino que, además, suele generar una dinámica equivocada y poco sostenible, un atajo que puede fácilmente terminar por salir caro, y que no define a un “listo”, sino sencillamente a un sinvergüenza. Que un fraude afecte a variables que una parte de la sociedad no es aún capaz de entender no lo convierte en menos fraudulento, y debe ser utilizado para definir con claridad una categoría moral.
Sin embargo, el mercado de followers falsos no solo no parece estar en recesión, sino que manifiesta unas características de estabilidad notables, una elevada resiliencia a las nuevas medidas desarrolladas por las redes sociales, y esquemas razonablemente lucrativos. ¿Llegaremos a un futuro en el que robots con programas sofisticados desarrollen identidades ficticias completas que simulen personas reales, con actividades que siguen gustos, dinámicas y sesgos propios? ¿Un ejército de perfiles falsos con vidas virtuales propias que siguen comportamientos sociales subastados al mejor postor, y que lleguen a resultar verdaderamente difíciles de diferenciar de un perfil de una persona real? La idea resulta como mínimo provocativa, digna de un libro de Philip K. Dick llevado a un escenario virtual: en muchos sentidos, el desarrollo de las heurísticas utilizadas para diferenciar cuentas reales de ficticias supone un paralelismo casi perfecto con el test Voight-Kampff  utilizado en Blade Runner para diferenciar a las personas de los robots, y las “mejoras” progresivas introducidas en ese mercado negro de perfiles falsos sugiere una posible evolución de este tipo. ¿Vamos de verdad hacia un futuro repleto de “replicantes” sociales que inician supuestas tendencias y fenómenos virales variados en función de intereses comerciales para que grupos determinados de humanos los sigan como borregos?
 

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