lunes, 22 de junio de 2015

Reinventando la literatura

IMAGE: Scanrail - 123RFLa nueva iniciativa anunciada por Amazon, pagar a los autores de libros en función de cada página leída por los usuarios, suena tan provocativa como interesante, y es una prueba de cuánto puede llegar a cambiar una industria cuando se adopta un nuevo desarrollo tecnológico.
De acuerdo, la iniciativa de Amazon no es un cambio radical, no es algo que se vaya a aplicar a todos los libros de todos los autores de la noche a la mañana: comienza únicamente con los autores que publican obras editadas a través de la propia Amazon y que están incluidos en los esquemas Kindle Unlimited o Kindle Owners Lending Library. Las dos fórmulas en las que se aplica son, en efecto, de alcance razonablemente limitado. La primera, disponible en numerosos países entre los que se incluye España, es un club de lectura en el que los usuarios pagan unos diez euros por el acceso en modo tarifa plana a un repositorio de más de 750.000 títulos. La segunda, disponible por el momento únicamente en los Estados Unidos, permite a los propietarios de un Kindle tomar prestado gratuitamente y sin fecha de vencimiento hasta un libro al mes. Sobre el total de ingresos obtenidos por estas iniciativas, Amazon destina un determinado porcentaje a repartir entre los autores, y lo que está planteando es, simplemente, pasar de repartir esos ingresos en función del número de descargas de los libros y hacerlo en función de las páginas consumidas. No son iniciativas mayoritarias, aunque sí de popularidad claramente creciente. Pero el – por el momento limitado – alcance de la iniciativa no hace que resulte menos fascinante desde el punto de vista de análisis de la disrupción.
¿Que evidencia el movimiento de Amazon? La primera cuestión evidente es que, en la era de la lectura electrónica, el concepto de libro ha cambiado completamente. ¿Cuántos libros se compran pero nunca se llegan a leer? ¿Cuánto libros de los que son adquiridos están destinados a figurar en una librería, en una estantería, en una mesa de despacho o debajo del brazo, a modo de statement o señal, como advertencia del tipo “cuidadito conmigo, que me he leído este libro”? La lectura electrónica ha destruido esta idea. Un libro electrónico es descargado, pero no sirve para “pasearlo” o para “presumir” de que se tiene: su presencia es “invisible” – como bien saben, sin ir más lejos, todos los que gustan de consumir literatura erótica. El mismo atributo que supone una ventaja cuando se busca un consumo “discreto”, se convierte en un inconveniente cuando lo que se intenta es lo contrario, “presumir” de lo que se lee, practicar un “postureo literario” que parece estar mucho más extendido de lo que muchos estarían dispuestos a admitir.
Pero ese atributo, que únicamente tendría consecuencias de cara al usuario y, a lo sumo, a su imagen y a su conciencia, se convierte en un problema de cara a una Amazon que lo que pretende es la stickiness, la “pegajosidad” de sus servicios: porque no se trata de tener muchos dispositivos repartidos por el mundo ni muchos servicios que permitan llenarlos en todas las modalidades disponibles, sino de ofrecer un servicio que los usuarios aprecien y valoren. Para Amazon, sea en su faceta editorial como en la de distribuidora, las perspectivas son mucho mejores si sus autores escriben libros que los lectores están locos por leer. No por poseer, porque esa noción ya está anticuada, y no por simplemente “tener” descargados en sus dispositivos, porque eso brinda réditos más bien escasos. El verdadero beneficio se obtiene de autores que estimulan el verdadero consumo, de los que se convierten, por la razón que sea, en auténticos page-turners, en libros que estimulan a un consumo mayor del servicio, porque la verdadera ventaja competitiva sostenible no se obtiene de tener muchos clientes, sino del hecho de que tus clientes te consideren un servicio imprescindible, por el que están encantados de pagar.
¿Significa un movimiento como el de Amazon un peligro de que se planteen obras de otro tipo, más de “consumo rápido”, orientadas al sensacionalismo o a los cliffhangers? ¿Será la consecuencia de este movimiento un desplazamiento hacia obras más parecidas a los culebrones televisivos? ¿O será, más bien, una forma de redefinir la literatura adaptada a un nuevo soporte? De entrada, un libro ya no tiene que tener una longitud mínima como para que “se aguante de pie en la estantería”: puede tener la entidad que el autor estime oportuna, siempre y cuando invite a seguir pasando páginas, a consumir el contenido, que en último término debería ser el propósito de toda la cuestión. Además de posibles nuevos géneros o formatos literarios más propios para la lectura electrónica – o al menos, desprovistos de los sesgos que tenían antes de que existiese esta – como es el caso de los Kindle Singles, el movimiento de Amazon podría significar toda una serie de nuevas oportunidades para quienes sepan crear esos contenidos que son realmente consumidos, que demandan el gesto del cambio de página para seguir leyendo.
Por supuesto, un movimiento así ha demandado medidas de estandarización. Utilizar una letra más grande o unos márgenes más generosos para ofrecer así un número mayor de páginas ya no son recursos válidos, porque Amazon ha creado el Kindle Edition Normalized Page Count (KENPC) para evitarlo. Las ilustraciones sí funcionan, pero imagino que se pondrán en marcha medidas correctoras si estas son presentadas sobredimensionadas sin motivo o de alguna manera que sirva para distorsionar el consumo. Todo un nuevo entorno que responde al hecho de que la lectura electrónica, en realidad, es en sí misma y como tal un nuevo entorno, no simplemente el resultado de prescindir del papel. Del mismo modo que algunos ya hemos prácticamente abandonado la lectura en papel porque los inconvenientes superan enormemente a las ventajas si de verdad se lleva a cabo un consumo activo de la información (subrayar y apuntar), nos disponemos a presenciar el desarrollo de otro tipo de patrones también para otras obras, no necesariamente aquellas en las que llevamos a cabo ese tipo de lectura funcional. 
El movimiento de Amazon, en sí, es mucho más que simplemente un cambio de incentivos, y podría llegar a tener consecuencias de muchos otros tipos.La lectura electrónica ya no pretende ser un simple “sustituto” del papel, sino iluminar toda una nueva gama de géneros y posibilidades. Si un número suficiente de autores recogen el guante lanzado por Amazon con nuevas creaciones que intenten aprovecharlo, en lugar de simplemente sentarse a esperar a ver qué pasa, tendríamos una consecuencia más que notable y, muy posiblemente, positiva: en la era del consumo electrónico, la literatura podría llegar a reinventarse.  E.Dans
 

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