viernes, 14 de febrero de 2014

2014 Tecnología frente a usos y costumbres

IMAGE: Eric Basir - 123RF

“I do not want the person in the seat next to me yapping at 35,000 feet any more than anyone else. But we are not the Federal Courtesy Commission… Technology has produced a new network reality recognized by governments and airlines around the world. Our responsibility is to recognize that new reality’s impact on our old rules.”


(Traducción libre: “Yo tampoco quiero escuchar al pasajero de al lado vociferando a 10.000 metros de altura, pero no somos la Comisión Federal de la Cortesía. La tecnología ha creado una nueva realidad reconocida por aerolíneas y gobiernos de todo el mundo, y nuestra responsabilidad es reconocer el impacto de esa nueva realidad impactará sobre nuestras viejas reglas”)
La frase es de Tom Wheeler, director de la FCC, en respuesta a las protestas por la previsible aparición de molestias derivadas de pasajeros hablando con sus teléfonos móviles durante el vuelo. Básicamente, que “FCC significa Comisión Federal de las Comunicaciones, no Comisión Federal de la Cortesía”.
Una cosa es la tecnología, y otra muy diferente, el desarrollo de los usos y costumbres sociales derivados de los escenarios que la tecnología genera. La FCC ha documentado la ausencia de interferencias y de peligro alguno sobre los instrumentos del avión, ha dejado claro que todas aquellas precauciones no eran más que cuentos de viejas, y que no existe ninguna cuestión que desde un punto de vista estrictamente tecnológico impida o desaconseje el uso de dispositivos móviles a bordo de un avión. La educación (o ausencia de ella) ya no es algo que caiga dentro de las responsabilidades de la FCC.
Que un pasajero del medio de transporte que sea – o en un bar, o en la consulta del médico, o donde sea – resulte molesto cuando usa su teléfono es una cuestión relacionada con las normas de convivencia, con la cortesía y con la educación. He vivido situaciones incómodas en un buen número de sitios, la última la semana pasada en un tren: personas que elevan excesivamente el tono de voz cuando hablan por teléfono, y terminan molestando a todo el que les rodea. Ocurre incluso en los aviones, cuando una persona utiliza el terminal del asiento (unos cinco euros por minuto, nada menos). Ante eso, lo único que se puede hacer es apelar al sentido común, afear la conducta de la persona de manera razonablemente discreta, o incluso recurrir al personal correspondiente para que solicite a la persona que baje su tono de voz o se vaya a hablar a otro sitio, personal que debería mostrar en todo momento su colaboración en ese sentido. Pero nada de ello tiene que ver con las labores de la FCC, ni con el hecho de que se recurra a supuestos problemas técnicos, interferencias o supuestos peligros para evitar el uso del terminal.
Por un lado, nuestros smartphones tienen cada vez más de smart (capacidad de proceso,memoria, ancho de banda, etc.) y menos de phones: la función de hablar por teléfono ya es para un número creciente de personas la menos importante. El uso de datos no suele ser de por sí molesto. Por otro, hablamos de unas normas, unos usos y unas costumbres que evolucionan con el tiempo: no de manera inmediata, pero sí en una dirección inequívoca que busca habitualmente restaurar una convivencia adecuada entre las personas. Tengo mis dudas de que el camino para conseguir esa convivencia sea la vía legislativa. Y sobre todo, preferiría que el tiempo de los representantes políticos de los ciudadanos se emplease en cosas más importantes y productivas. En vez de preocuparse por las molestias que provoca el pasajero de al lado hablando por teléfono, preferiría que se preocupasen porque solo el que está al otro lado de ese teléfono y los pobres a los que les toca sufrir a su interlocutor fuesen los que pudiesen llegar a conocer el contenido de esa conversación. Eso me parece decididamente más importante. E.Dans
 

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